La fiesta

Abrí la puerta del armario. Con el pelo todavía húmedo bajo la toalla, me dispuse con todo el buen humor que era posible, a encontrar un conjunto perfecto. Si normalmente tenía problemas para saber qué me iba a poner, esa noche tenía el problema añadido de que no tenía ni pizca de ganas de ir a la fiesta. Vente, Isa, ya verás cómo lo pasamos bien, resonaban una y otra vez en mi cabeza las palabras de Miriam. ¡Por supuesto! pensaba yo, sobre todo cuando la persona que da la fiesta ni te ha invitado, ni te agrada lo más mínimo. Al final me decidí por unos vaqueros ajustados y una camisa verde botella, elegante y sencillo, el conjunto perfecto para pasar desapercibida. Tocaron al telefonillo. Mi madre me dijo que era Miriam que había venido a buscarme. Le dije que todavía no estaba lista, que me tenía que secar el pelo. Pude oír como mi madre le explicaba a mi amiga lo lenta que soy siempre y que le daba las gracias por sacarme un poco de casa. Bien, gracias mamá.

Tras unos diez minutos me encontré con mi amiga. Ella se había vestido mucho más impresionante que yo. Lo cierto es que pensé que sería mejor así, porque todas las miradas se posarían en ella y a mí me dejarían en paz.

— ¡Llevo esperándote un montón! —me dijo mientras ponía los brazos en jarras.

— Ya, lo siento. Estaba dando tiempo a los de la fiesta para que se emborracharan un poco. Así no sabrán cuándo llegamos.

— Pues yo no me quiero perder nada. ¡Tengo ganas de marcha! Venga, entra al coche que nos vamos. ¡Y no valen más excusas, ni resoplidos, ni malas caras!

Forzando la sonrisa entré en el coche de mala gana. No me suelen gustar las fiestas de por sí, pero ir de esta manera… Estrella, la anfitriona, no es el tipo de persona que me agrada. En clase siempre intenta dejarme mal, corrigiéndome delante de todos. Va por ahí de diva. Abusando de su poder, si es que se le puede considerar a eso poder. Y claro, yo no me callo, así que me tiene siempre en el punto de mira. En realidad, yo no debería conocer de la existencia de esta fiesta, pero Miriam, que siempre se entera de los últimos rumores y tiene que estar metida en todo, no vio otra excusa mejor que arrastrarme con ella al infierno para sacarme de casa un viernes por la noche. Realmente lo que no me gusta de las fiestas es la gente. Soy poco sociable y cuando estoy rodeada de gente que no conozco me siento muy incómoda. Pienso que para qué he venido, con lo a gusto que estoy en casa leyendo junto a Kiwi, mi perra cocker.

Miriam encendió la radio y puso Rock FM. Mi amiga me conoce demasiado bien. Sabía que escuchando canciones con punteos de guitarra y cantantes de melena al viento era feliz. Sobretodo porque en la fiesta nadie pondría nada de rock y tendría que bailotear como puediese el pachangueo del momento.

— ¿A que no sabes qué? —dijo Miriam.

— Sorpréndeme.

— Me he enterado de que Oriel va ir a la fiesta. —Hizo una pausa. Viendo que no decía nada suspiró—.  Por favor, Isa. Dime que ahora estás más animada.

Mi amiga me miró de soslayo y yo estaba ruborizada. El sólo hecho de escuchar el nombre de Oriel hacía que se me saltara el corazón del pecho. En realidad nunca le he dicho a nadie que me gusta, pero mi amiga, al igual que mi familia, me conocen demasiado bien como para poder ocultarles lo que siento por una persona.  Oriel no es que sea súper guapo, no al menos como te dictan los cánones de belleza actual. Pero me encantan sus ojos, que tienen ese color gris misterioso. Su cara se ilumina por completo cuando sonríe y sus manos son fuertes como las del David de Miguel Ángel. Pero siempre que Oriel anda por ahí cerca me vuelvo como un elefante en una cacharrería, porque no soy capaz de concentrarme y tiemblo como una hoja. Yo creo que él ya tiene integrado que eso es normal en mi persona y no le da importancia. De todas formas, mi único recurso para no parecer atraída es ignorarle. Y siempre me sale mal, puesto que cuando hablamos no puedo evitar mirar cada detalle de su cara. Sinceramente, creo que debe de pensar que me falta un tornillo.

— ¡Sí! Estás sonriendo. Eso es que te apetece ir.

— ¡Miriam!

Yo intentaba sin éxito esconderme en la capucha de mi abrigo para ocultar mis sentimientos. Pero resultó imposible, siempre he sido demasiado transparente.

— De todas formas, ya estamos cerca.

A los pocos minutos aparcamos delante de la casa de Estrella. Se encontraba en una residencia de gente adinerada a las afueras de la ciudad. Entre los coches que había por la zona pude distinguir el de Oriel, un Clio de color negro con la matriculación antigua. Mi amiga me cogió del brazo y las dos nos dispusimos a franquear la puerta de la casa, la cual estaba abierta. Nada más llegar Adrián, el novio de Miriam, nos saludó.

— Sois casi las últimas en llegar —nos dijo.

— Sí, tuve que sacar a Isa de la cama.

— Eso no es verdad —dije un poco indignada— en realidad sólo me faltaba secarme el pelo…

Entre la multitud no pude evitar buscar con la mirada a Oriel. Me preguntaba dónde podría estar. Y lo vi. Estaba fumando y hablando animadamente con otros compañeros de clase en el jardín. Fuera lo que fuese debía de ser gracioso porque se reía. Esa noche estaba muy guapo, bueno, quizá como de costumbre. Lo recuerdo como si fuera en slow motion. Sólo fue un instante, pero nuestras miradas se cruzaron. Y enseguida vi como también se fijaba en Miriam y Adrián y nos saludó con la mano. Le respondimos de la misma manera. En fin, lo normal. Cómo pude pensar que se fijaría en mí, aunque solo fuera por un instante. Entonces se nos acercaron Mauri y Hussein.

— ¿Qué pasa, familia? —nos saludó Mauri mientras nos chocábamos puño con puño.— ¿Qué queréis tomar? Hay cerveza, cubatas, Jack, Eristoff… Lo que queráis, mientras dejéis diez euros en la caja que hay al lado de las escaleras. Estrella lo controla.

Miriam sacó su monedero y de él el dinero. Yo intenté hacer lo mismo, pero al meter la mano en el interior de mi bolso, me di cuenta que no tenía mis cosas. Sólo algún pañuelo arrugado y un tique de compra.

— Yo no llevo suelto… Se me ha olvidado el monedero en casa —dije un poco avergonzada.

— No te preocupes, te lo pongo yo. Ya me lo devolverás en otro momento —se propuso Hussein sonriéndome.

— No hace falta, de verdad. Estaré a agua. Total, alguien tendrá que llevar el coche, ¿no?

— ¡Anda ya! No digas tonterías. ¡Estás en una fiesta! Hasta mañana no nos vamos —dijo Miriram.— Podemos ponerlo entre todos. Total, ¿cuánto puede ser? ¿Un euro por cabeza? No te preocupes, Isa. Te cojo una cerveza, ¿te parece bien? Mientras, aguárdame esto.

Miriam me dejó su abrigo y su bolso y junto con Adrián se fueron en busca del bebercio. Me quité yo también el abrigo y lo dejé todo hecho una bola encima de una silla cercana.

— ¿Es la primera fiesta a la que vienes en este curso? —preguntó Hussein.

— Sí, no suelo ser muy amiga de las fiestas.

— Pues has elegido la mejor para venir —rió Mauri—. A Estrella no creo que le guste mucho que te hayas colado. Pero bueno, no eres la única. Yo tampoco estaba invitado. Pero pongo mi parte para el alcohol y ya está.

— Qué bien, la esquivaremos juntos toda la noche —dije sonriendo—. Pero creo que he olvidado mi equipo ninja, no sé si tú me podrás prestar uno.

— ¿Eh? No, pero si yo no tengo. Si quieres me pongo tu abrigo y tú el mío. Así nadie podrá sospechar nada.

— No creo que cambiarnos los abrigos vaya a ser muy efectivo, pero vale. Podría funcionar. Nos esconderemos detrás del sillón cuando diga “pimienta”, será nuestra palabra clave para escapar.

Me reí a carcajadas. El sólo hecho de imaginarnos a Mauri y a mí por toda la casa ocultándonos de Estrella, como si fuésemos dos ladrones de poca monta, me hizo expulsar la tensión que venía acumulando de toda la tarde. Miré de nuevo hacia el jardín, pero Oriel ya no estaba allí. Estaría por otra parte de la casa. Tampoco quise buscar mucho, no quería delatarme. Al poco llegaron Miriam y Adrián con las bebidas. Entonces se pusieron a hablar los cuatro sobre la última fiesta a la que fueron. Obviamente yo no podía opinar gran cosa porque no estuve allí. Se enseñaron fotos y recordaron las locuras que había hecho cada uno. Cotillearon sobre quién se lió con quién y quién acabó volviendo a casa a cuatro patas. Mientras escuchaba me iba tomando mi cerveza trago a trago. Pero eso de beber con el estómago vacío no me sentaba muy bien. Así que decidí ir a por algo de picar y así se lo hice saber a mis acompañantes. Tampoco parecía que me iban a echar mucho en falta por el momento y tampoco tenía ganas de saber más cotilleos.

En la mesa donde estaban los aperitivos había vasos vacíos y restos de un cubata que se había volcado. El líquido ocupaba gran parte de la superficie. En cuanto a los aperitivos, mis compañeros ya habían dado buena cuenta de ellos. Cogí un saladito y me lo metí entero en la boca. Realmente quería que me bajara un poco el alcohol, porque con mi tolerancia cero, ya me empezaba a sentir un poco mareada. Saludé a Lara y a su hermana que estaban allí y nos pusimos al día sobre optativas y exámenes. Entonces noté una mano cálida en la espalda y escuché la voz de Oriel que me saludaba. Me giré y ahí estaban esos dos ojos claros, preciosos, refugiados detrás de sus gafas. Le sonreí, me devolvió la sonrisa y me dio dos besos. Olía a perfume y a tabaco. Para mí, en ese momento, todo se paró. No había ruido, ni música. Sólo mi mente le prestaba atención a él.

— ¿Qué tal? ¿Te lo estás pasando bien? —me dijo.

— Sí, sí está bien.

Empecé a juguetear con el botellín de cerveza. No sabía qué decir, pensaba en mil preguntas, pero no quería que sospechara que me gustaba, ni quería ser demasiado brusca, tampoco quería hacer una pregunta estúpida… Mientras yo estaba sumida en mis planes estratégicos, Lara le preguntó a Oriel si conocía a una tal Merche pues la había visto en su Facebook y daba la casualidad de que era una amiga de otra amiga suya. Él le dijo que la conocía de haber salido por la noche el fin de semana anterior y que unos colegas le habían hecho la foto sin que se diese cuenta, que les había pedido que la quitaran pero que no querían. Yo como no le tengo en Facebook, porque siempre me ha dado vergüenza enviarle una invitación y él nunca me la ha mandado, no me había enterado de nada. Me quedé helada. Tanto, que creo que se me notó en la cara. Yo me sentía fatal, totalmente frustrada. La foto no la había visto, pero por lo que entendí de la conversación parecía que salían amorosamente. Me sentía tan dolida que tenía que escapar de allí como fuera. Cogí otro saladito, me bebí lo que me quedaba en el botellín de un trago y me disculpé con la excusa de que tenía que buscar otra cerveza porque la mía se había acabado. Cuando me iba, sentí como Oriel me seguía con la mirada y con cara de no entender qué pasaba, pero en ese momento me dio igual.

Fui hacia la cocina directa a prepararme algo de beber. De entre todo lo que allí había, decidí servirme otra cerveza.

— ¡Hola Isa! —escuché justo detrás. Me di la vuelta y vi a Aída. También había venido a por algo con lo que refrescar el gaznate—. ¿Qué estás bebiendo?

— Nada especial, sólo una cerveza. ¡Soy la chica más dura de toda la fiesta!

— Si quieres algo duro prueba esto.

Me tendió un chupito de un color un tanto extraño. Lo olí y era dulzón, pero anisado.

— ¿Qué es esto? —le dije.

— Jägermeister. Anda, pruébalo. Está bueno.

Me llevé el vasito a los labios y de un trago me lo metí en la boca. Era como beberse jarabe con coca-cola y ardía muchísimo. Lo tragué sin esperar más tiempo. Era eso o escupirlo al suelo.

— ¿Y dices que esto está bueno? Madre mía, qué asco.

Aída no paraba de reír. Para intentar bajar el sabor del Jäger me tomé varios tragos seguidos de mi cerveza. En realidad, el Jäger está hecho para que te sepa bien todo lo que te tomes después de probar uno o varios chupitos de ese alcohol oscuro.

— Vente Isa, vamos a poner el karaoke. ¿Te animas a cantar una conmigo?

Sin darme tiempo a contestar, me cogió de la muñeca y me arrastró al salón junto con ella. Me insistió tanto, que no pude decir que no. Eso sí, le dije que al menos yo elegía la canción. Aída contenta, no me soltó hasta que llegamos al ordenador portátil donde Estrella estaba preparando el programa para el karaoke. Tragué saliva. Esperaba que me fuera a expulsar de su fiesta montando un numerito, pero fue todo lo contrario.

— ¡Isa! Qué alegría verte, no me esperaba que fueras a venir —me dijo la anfitriona. Luego me dio dos besos.

— Sí, bueno. Miriam me obligó…

— ¡Es estupendo! ¿Vas a cantar?

— Sí… Emm… ¿Tienes algo de El canto del loco?

— Sí. ¿Qué buscas en concreto?

— La de Peter Pan. ¿Te parece, Aída? —ella asintió con la cabeza.— Pues decidido.

— Muy bien chicas, la pongo en la lista y saldréis cuando os llame, ¿vale? ¡Gracias! —nos dijo con voz cantarina.

Nos alejamos del portátil. La actitud encantadora de Estrella me pareció muy extraña. Algo en mí hizo que se disparasen las alarmas. Me crucé con Oriel, pero pasé de él. Hice como si no existiera. No era capaz de mirarle y sonreír como si nada. Supongo que el pasar fue mutuo. Si él hubiese querido decirme algo, lo hubiese hecho. El mareo del alcohol no se me pasaba. De hecho, iba a peor. El chupito de Jäger que me había dado Aída había empeorado las cosas y en ese momento empezaba a hacer efecto. Pronto se adueñó de mí la sensación de “no me importa nada, voy a hacer lo que me de la gana, sin tener que dar explicaciones”. Y escuché la música que sonaba, y bailé y terminé mi cerveza. Escuchaba como Oriel estaba cerca, hablando con otras personas. Sentía su mirada, pero no se la devolví. Entonces algo frío mojó mi camisa. Era Estrella que sin querer me había derramado parte de su copa. Me pidió perdón y me llevó hasta la cocina para que me pudiese secar la camisa. Yo le decía que daba igual, que no pasaba nada, pues seguía desconfiando de ella. Y tenía que haber hecho caso a mi instinto, ya que cuando llegamos a la cocina y me dio una bayeta empezó a decirme lo siguiente:

— No sabía que estabas invitada. Quizá te pude enviar una invitación estando dormida, pero no creo, no soy sonámbula —me dijo Estrella con ironía.

La situación era un tanto violenta. Estrella estaba tan cerca que podía sentir su aliento. Sus ojos brillaban y toda ella desprendía una sensación de odio y rabia que me asustaban.

— No te preocupes, Estrella. No vas a notar que estoy aquí. Pero si te molesto mucho, por mí no hay problema. Me iré a mi casa. Lo que pasa es que no tengo quién me lleve… Ya sabes, como Miriam está bebiendo es un poco complicado si coge el coche ahora.

— Me da igual cómo lo hagas, pero te agradecería que te fueras.

Entonces me dio unos golpecitos en el brazo derecho. Eso me fastidió bastante. Un calor me subió hasta las mejillas y entonces decidí plantarle cara.

— ¿Y si no quiero? ¿Qué vas a hacer, echarme tu misma?

— Si así fuera necesario, sí, te echaría yo misma.

— Eres una falsa y una cobarde. No serías capaz de echarme. Sabes que soy más fuerte que tú.

Entonces me dio un guantazo en la cara. No me lo esperaba. Me llevé la mano a donde se había producido el impacto y atónita la miré.

— No consiento que nadie me hable así, y menos tú. Fuera de mi casa, o empezaré a gritar para que venga todo el mundo y fingiré que me has pegado. El alcohol no te sienta bien, Isa. Y sabes que si quiero puedo arruinar tu reputación. Puedo hacer que tu vida en la universidad sea un infierno.

Intenté responder, defenderme, hacerle frente. Pero no pude, tenía la lengua paralizada y los ojos rojos, Salí de la cocina y fui esquivando a todo aquel con el que me encontraba. Me crucé con Oriel al que pude escucharle un “Isa” muy bajito, pero nadie intentó pararme. Cogí mis cosas, me puse el abrigo y cogí el teléfono para llamar a un taxi. No pensaba quedarme ni un minuto más allí. Salí a la calle y me puse a llorar como una cría. Por todo esto no me gustan las fiestas. Empiezan bien pero terminan fatal. Como era incapaz de llamar a ningún sitio volví a guardar el móvil. Desesperada me senté en el capó del coche de Miriam.

— Isa. Isa, cálmate.

— ¡No, no me calmo!

Era Oriel que me había seguido hasta la calle.

— ¿Me puedo sentar contigo?

— Haz lo que quieras.

Sentía que me miraba, pero que no sabía qué hacer. Yo estaba fatal. No quería contarle nada porque en el fondo de mi alma había una voz que me decía que no le importaba lo que me pasaba. Y seguí llorando. Oriel se encendió un cigarrillo, me imagino que para hacer tiempo mientras se me pasaba.

Estuvimos así durante un tiempo, sin hablarnos, ni mirarnos. Yo estaba echa un lío. Tenía muchos sentimientos encontrados. Desde el principio de la noche sabía que algo así iba a pasar. Entonces le miré y me estaba sonriendo. Me dio un vuelco al corazón. Me sentía avergonzada de estar así, de que él me viese así. Saqué un kleenex del bolso y me soné.

— Si quieres te puedo llevar a casa. Realmente no he bebido nada, sólo una caña. En estas fiestas tampoco me gusta abusar mucho, me siento más cómodo cuando estoy entre amigos.

Asentí. Tenía ganas de marcharme. Y si Oriel me llevaba mucho mejor. Le seguí hasta su coche, y me senté en el asiento del copiloto. Oriel no puso la radio, quería hablar. Y eso hicimos durante todo el trayecto que se pasó en un abrir y cerrar de ojos. Ya mi ánimo había mejorado mucho y si no hubiera sido por el dolor de cabeza y los ojos hinchados habría estado genial. Oriel aparcó delante del portal de mi casa.

— Hemos llegado —anunció.

— Oriel, tú… ¿Tienes algo con alguien?

— Eh… No. ¿Por qué? —me dijo sonriendo.

— No, por nada…

Nos miramos a los ojos durante unos segundos, que pasaron como minutos, sin hablar. Entonces dudé. No sabía si debía lanzarme. Por mi cabeza pasaron todas las opciones posibles, tanto si me lanzaba e iba bien como si no lo hacía y me arrepentía de ello. Al final decidí no hacerlo. Le di las buenas noches y cerré la puerta del coche. Vi cómo se alejaba por la calle solitaria y fría. Quizá fue un error, pero no creo que un beso al final de esa noche hubiera sido lo correcto. Si le intereso, ya vendrá en algún momento. Y si no, si todo ha sido una serie de casualidades, también lo descubriré. Pero esa noche sólo tenía ganas de lamerme las heridas y recuperar fuerzas para devolverle a Estrella su golpe bajo.

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