Diego y Mantangi

¡Hola! ¡Cuánto tiempo sin escribir! Estoy emocionada por volver a poner cosas nuevas por aquí. Estoy actualmente en plena búsqueda de empleo, y como a casi todos los jóvenes españoles, me cuesta un montón encontrar algo… Pero no pierdo la esperanza. Aún así sigo con ganas de escribir y de compartir mis historias. De hecho, estoy bastante activa en eso de aporrear el teclado, 😛 por lo que iré subiendo más de continuo. Como siempre, me gustaría que los miércoles fueran mi día oficial para actualizar, pero no prometo nada porque luego no lo cumplo. :/

En compensación por haber estado tantísimas semanas sin actualizar, os posteo una historia más larga que de costumbre. Se desarrolla en la exótica India. Siento si alguien encuentra fallos, pero es que nunca he ido allí y he tenido que inventar a partir de lo que me he documentado.  Así que preparaos un té Darjeeling, coged unas galletas y disfrutad de una merienda acompañados de la lectura de esta historia antes de iros de parranda carnavalera. 🙂

 

Abrazos y besitos para todos y todas.


Imagen de creación 100% propia
Imagen de creación 100% propia

Todos los días, en todas las ciudades del mundo, hay hombres y mujeres trajeados con vidas ajetreadas, que van corriendo de un lado a otro con el móvil en una la mano y un maletín en la otra. Toman el desayuno corriendo en la cafetería que está en frente, o al lado, o debajo de las oficinas donde trabajan mientras siguen hablando por el teléfono. A penas sonríen y van como si tuvieran la casa en llamas. Diego era de este tipo de persona, con una vida ajetreada, gris y lluviosa. Además Diego tenía repentinos e incontrolables ataque de ira hacia cualquier animal, persona o cosa. Cuentan que fue memorable aquella vez que una máquina expendedora de snacks se tragó una moneda de dos euros, y Diego fue capaz de tumbarla y abrirla a pulso sólo para sacar la bolsa de patatas fritas. Sólo esa, porque ante todo era muy cumplidor de las normas.

Por eso, después de lo ocurrido con la máquina como gota que colma el vaso, empezó terapia para intentar controlar esa ira que lo poseía. Así que un día se le podía ver estrujando una pelota anti-estrés cuando las cuentas no salían, al otro haciendo ganchillo cuando el café estaba frío o sacando media cabeza fuera de la ventana y despotricando cuando no estaba a tiempo el Excel que había que entregar. Cualquiera pensaría que Diego es de esas personas que se ahogan en un vaso de agua, pero es que su trabajo implicaba mucha responsabilidad: era contable en una empresa dedicada a la importación de anacardos.

Uno de esos fatídicos días, en los que nada salía como debería de salir, de esos en los que nuestro protagonista estaba un tanto alterado, recibió de sus superiores un billete de avión y la misión de hablar con el señor Radha, un agricultor que poseía tierras cercanas a los campos de la empresa, para poder llegar a un acuerdo crucial que les permitiera aumentar las hectáreas para la plantación de anacardo en Uttara Kannda. El vuelo salía al día siguiente y a regañadientes tuvo que preparar la maleta. Llamó a su terapeuta que le dijo que tenía que admitirlo y aceptar que ese día llegaría, puesto que era muy difícil trabajar en una empresa que hacía negocios en otro país y nunca tener que visitarlo. Que se lo tomase como unas vacaciones. Y diciendo esto, se despidieron hasta la vuelta.

Cogió el primer vuelo hacia la India que salía de Madrid. Trascurridas unas dieciocho horas, por fin llegó a Bangalore. La noche despejada era cálida, húmeda. El bullicio de la ciudad ensordecía el ambiente. Multitud de coches, bicicletas y personas circulaban por las calles. Aquello le incomodaba profundamente. Tan sólo deseaba llegar al hotel para descansar después de todo ese ajetreo. Se encontró una habitación sencilla, bien arreglada y limpia, cosa que le hizo mejorar un poco el ánimo. Deshizo la maleta ordenando la ropa en el armario, se aseó y se metió en la cama de sábanas crujientes para dormir plácidamente.

La primera reunión con el representante del señor Radha y los trabajadores sería por la mañana temprano. A Diego le dijeron que tendría un guía en Bangalore y que lo iría a recoger al hotel para acompañarlo a la reunión. Confiado, bajó para indicar a la recepcionista que llamase a la persona que su empresa había contratado como guía. Se sentó, cogió un periódico en inglés y se dispuso a esperar a su chófer. Al cabo de media hora, entró un hombre joven, vestido muy elegante.

Buenos días, ¿el señor Bermúdez? —Preguntó a la recepcionista, la cual le indicó con la cabeza dónde estaba Diego. Con una gran sonrisa se acercó hasta donde estaba su cliente.— Buenos días, señor Bermúdez. Mi nombre es Jayappa, seré su guía en el estado de Karnataka.

Llega tarde. La reunión empieza dentro de cuarenta y cinco minutos y con esta circulación no llegaremos —dijo Diego dejando el periódico de forma brusca.

Lo siento mucho, señor. Pero ha sido complicado levantar a Mantangi esta mañana, no le gusta demasiado la ciudad.

No me importa si tiene problemas con sus hijos. Su responsabilidad es llegar a la hora. Guíeme hasta el coche, por favor.

Jayappa sin borrar la sonrisa de sus labios, condujo a Diego hasta la salida del hotel. En frente de la puerta había una elefanta adornada y con un cubículo para viajeros sobre su espalda.

No es exactamente un coche, pero es mucho más fiable. Señor Bermúdez, le presento a Mantangi —dijo Jayappa señalando con los brazo abiertos al animal.

Tiene que estar de broma— Diego empezó a ponerse rojo. La vena del cuello comenzó a hincharse, pero recordando los ejercicios de terapia, contó hasta diez para controlarse.— Vamos…¿Vamos a ir en elefante? —dijo conteniéndose.

Claro. ¡Suba!

Jayappa le dio una orden al animal para que se tumbara. Le indicó a Diego cómo debía subir y sentarse. Cuando su cliente estuvo acomodado, Jayappa se sentó en el cuello de Mantangi y le dio otra orden para que se levantara. Con paso lento pero seguro, se fueron moviendo por la ciudad. Multitud de miradas se posaban en ellos ya que hacía mucho tiempo que no se paseaban elefantes por Bangalore. Contra todo pronóstico, consiguieron llegar a tiempo a la reunión. Mantangi y Jayappa esperaron a Diego fuera del edificio hasta que terminó su trabajo.

¿A dónde le gustaría ir, señor? ¿Le gustaría visitar el templo del Toro? Está dentro de un parque precioso, el Bugle Rock y…

No. Tengo que preparar múltiples informes para mañana. Prefiero volver al hotel —espetó secamente Diego.

El guía perdió por un instante la sonrisa que tanto le caracterizaba. Pero no se dio por vencido. Mantangi le acarició con la trompa la cabeza para darle ánimos.

Como usted quiera, señor.

Volvieron a ponerse en marcha y realizar el mismo camino de vuelta. Diego estaba malhumorado por la reunión. No habían llegado a ningún acuerdo. Los trabajadores pedían más dinero para poder realizar las labores en las nuevas hectáreas, si el acuerdo se realizaba. El señor Radha no quería vender las tierras por el dinero que le ofrecía la empresa y él no sabía cómo cuadrar las cuentas. Si se llegaba a hacer el acuerdo, su empresa tendría el doble de ganancias y sería posible pagar correctamente a los trabajadores, además de poder suministrarles nuevas herramientas para que fueran más eficientes. Pero sus superiores no querían invertir ni un céntimo más de la cifra que le habían dado.

Entonces, ¿viene de parte de la empresa española que compra los anacardos? —Preguntó Jayappa. Diego afirmó con la cabeza.— ¿Has escuchado Mantangi? Es uno de nuestros jefes —la elefanta se sacudió.

¡No altere al elefante! —dijo Diego mientras se aferraba al cubículo asustado. Enseguida volvió a guardar la compostura.— ¿Es que usted trabaja con los anacardos?

Sí, Mantangi y yo llevamos los capazos que los recolectores llenan. Es duro, no se crea. Sobre todo para ella. Al principio le tocó un cuidador cruel que la fustigaba para que fuera más deprisa, la cargaba con más capazos de los que podía llevar… Hasta que nuestros caminos se cruzaron. La adopté como si fuera mi hija, señor Bermúdez. Me quejé sobre el trato que recibían los elefantes en los campos, intenté que la reclamación les llegase a ustedes, pero no me hicieron caso. Por eso decidí hacerme cargo de ella. ¡Y nos metimos en un buen lío! Porque tuve que luchar por su posesión. Pero al final ganamos, ¿verdad Mantangi? —Jayappa arrascó al animal en la cabeza que bramó de gusto.— Le cuento esto porque sé que, en el fondo, es un buen hombre.

El guía anunció que habían llegado al hotel. Diego descendió y sin dar propina ni despedirse de Jayappa se metió apresuradamente hacia la recepción.

Durante el resto del día Diego no paró de darle vueltas a lo que le había dicho Jayappa. A él nunca le habían contado que hubiera elefantes trabajando en los campos de anacardos. Se preguntó qué más cosas habría que él no supiese y por qué no llegaron las quejas de Jayappa. Apenas durmió durante la noche. No paraban de sonar en su cabeza las palabras “un buen hombre”. Le hacía gracia que su guía pensara eso, con lo mal que le había hablado todo el tiempo. Al final, la fatiga pudo con él. Pero no tuvo sueños placenteros. Las pesadillas lo estuvieron visitando como si fueran los fantasmas de las navidades pasadas, presentes y futuras. Quizá, esas palabras de Jayappa, echaron raíces en su frío corazón y despertaron en él sentimientos que había encerrado hacía mucho tiempo, como eran la vergüenza y la culpabilidad.

La mañana del día siguiente se desarrolló de igual modo que la anterior. Jayappa fue a buscarlo al hotel con Mantangi. Diego apenas le dirigió la palabra a su guía. Veía absorto el bullicio de la ciudad desde la ventana del cubículo. Llegó cinco minutos tarde a la reunión, debido a un atasco en una avenida. Pero apenas se enfadó. Sólo bajó de la elefanta refunfuñando y se fue sin despedirse de Jayappa, el cual no paraba de pedir disculpas por su puntualidad. Como el día anterior, no consiguieron ponerse de acuerdo las partes interesadas, porque ninguna cedía. Diego intentaba explicar a los presentes cuánto iban a ganar, de acuerdo a lo que le había dicho la empresa, pero no les convenció. Los representantes de los trabajadores le dijeron que no era justo lo que les pagaban por la cantidad de horas que tenían que hacer. Que apenas les llegaba para vivir trabajando todos los miembros de una familia. A Diego le parecía extraña esta afirmación, ya que la empresa controlaba directamente lo que ganaban los trabajadores de la India. Él mismo había calculado el salario en euros para que pudieran tener una vida digna. La reunión terminó, y él salió pensativo al encuentro de su guía.

¿Quiere que le llevemos al hotel, señor? —Le preguntó Jayappa a la salida.

No. He pensado que necesito ventilarme un poco. Creo que vamos a ver Bugle Rock Park —dijo con una tímida sonrisa, que viniendo de él, era como si sonriese de oreja a oreja.— Hoy he tenido un día complicado, amigo.

Tanto Mantangi como Jayappa se alegraron mucho del cambio que se produjo en Diego. Más deprisa que otras veces, la elefanta trotó hasta que llegaron al parque. No se parecía a ningún parque que hubiera visto Diego en su vida. Era como pasear por medio de una selva tropical. Grandes y frondosos árboles tejían con sus ramas una cúpula vegetal por encima de sus cabezas. En algunas zonas habían diseñado jardines con multitud de flores y palmeras que nada tenían que envidiar a los Jardines de Sabatini. Jayappa pidió a Diego que se bajara para poder sentir mejor las energías del parque. De esa manera, Mantangi también estaría más libre. Un tanto escéptico, Diego le hizo caso. Los turistas que veían a Mantangi se hacían fotos con ella y los niños se emocionaban cuando la veían. Subieron las escaleras del templo del Toro, que estaban custodiadas por unas enormes astas. Mantangi y Jayappa esperaron fuera hasta que Diego terminase su visita. Cuando llegaron a una explanada grande, Jayappa sacó del bolsillo de la chaqueta una especie de balón de playa deshinchado. Al verlo, la elefanta se emocionó dando pequeños saltitos.

Ya va, tranquila —le dijo suavemente su cuidador.

Cuando lo hubo hinchado, lanzó el balón y la elefanta lo persiguió con un trotecillo alegre. Cuando llegaba hasta él, lo cogía con suma delicadeza con la trompa y se lo volvía a traer a Jayappa.

Pruebe a lanzarlo, señor.

Diego poco convencido lanzó la pelota. Como apenas le dio impulso, cayó muy cerca y Mantangi se la devolvió empujándola con la pata.

Lánzelo más alto y con fuerza.

La segunda vez salió mejor. Mantangi persiguió el balón y se lo devolvió a Diego. Siguieron jugando así hasta que fue cayendo la noche.

Si no le parece mal, señor, mi hermana quiere invitarlo a cenar con nosotros esta noche. Es para mostrarle lo contentos que estamos de que haya venido aquí.

No quisiera ser una molestia, Jayappa. Además, yo…

¡En absoluto! Ya verá lo contenta que se pone.

El guía llamó a la elefanta. Guardó el balón y subieron a lomos de Mantangi, que ya más calmada, los llevó hasta las afueras de Bangalore. Poco a poco, los grandes edificios se quedaban atrás y la hierba empezaba a tapizar el suelo. Las casas eran más sencillas y el aire más puro.

¡Shylaja! ¡Ya estamos aquí!

Una mujer, aproximadamente de la misma edad que Jayappa, salió de una de las casitas. Llevaba un sari naranja, el pelo recogido y un niño pequeño en brazos. Tras ella salió un hombre un poco más mayor que ella.

Señor Bermúdez, le presento a mi hermana Shylaja y su marido Murthy. La pequeña se llama Savita.

Encantado —dijo Diego.

¿Qué horas de llegar son estas? Se va a enfriar la comida, hermano —Shylaja le dedicó una mirada de reproche a Jayappa.— Ve a arreglar a la elefanta y luego te unes a nosotros.

La familia invitó a entrar a Diego en su casa. Se sentaron en el salón alrededor de una mesa baja. Desde ahí se podía ver por la ventana cómo Jayappa le quitaba el cubículo y los adornos a Mantangi, le daba una ducha con la manguera y le daba fruta y paja para comer. Mientras tanto, Shylaja explicó al invitado la manera en que se debían de tomar los alimentos.

¿Está usted casado? —Le preguntó Murthy.— ¿O es como Jayappa?

Está enamorado de su elefante —bromeó Shylaja.

No… —guardó silencio durante unos segundos— Pero podría decirse que yo estoy enamorado de mi trabajo.

Interesante, por aquí en Bangalore hay más personas como usted —rió Murthy.

¿Irá mañana a la plantación? Debería ir. Mi hermano se ha esforzado mucho para poder llegar hasta usted con la esperanza de que vaya.

No lo sé. Yo he venido aquí por otros asuntos, señora.

Shylaja guardó silencio. Tenía los los labios apretados y fruncía el entrecejo. Murthy se retiró un poco de la mesa.

¿Sabe?, la gente como usted no tiene idea de cómo es eso. Ustedes sólo ven los número si suben o bajan, pero no saben lo que está pasando aquí. Jayappa es un buen hombre, siempre cuida de todos, pero molesta porque siempre se queja de las injusticias. Por eso debe ir allí y comprobar lo que está pasando.

Jayappa un poco mojado por la ducha de Mantangi se unió a la mesa. Se sorprendió al verlos en silencio.

Esta Mantangi aún tenía ganas de jugar, mirad cómo me ha puesto —dijo mientras se estiraba de la camisa—. ¿Sabes hermana? Esta tarde hemos estado jugando los tres con el balón en Bugle Rock. Tenías que habernos visto —Jayappa se rió alegremente. Al ver que nadie se alegraba se preocupó— ¿Qué ocurre, he dicho algo que os haya molestado a Murthy o a ti?

Tu hermana me ha pedido que vaya a la plantación mañana —dijo Diego.

¡Shylaja! ¿Por qué lo hiciste? Te dije que se lo pediría cuando tuviera oportunidad.

¡Ya tomé yo esa oportunidad!

Entonces, toda la familia se puso a discutir en hindi. Los dos hermanos hablaban acaloradamente, mientras que Murthy intentaba mediar entre las dos partes. En medio de todo ese griterío, la pequeña Savita se puso a llorar desconsoladamente. Diego, que empezaba a coger un tono rojizo en las mejillas, sin poder aguantar más ese ruido, puso orden con un grito, callando hasta a la pequeña. Jayappa se fue molesto de la casa y empezó a andar calle abajo.

Sentimos mucho este espectáculo, señor Bermúdez. Como puede ver, es un tema delicado en esta familia. Por eso le agradeceríamos mucho que pudiera informar a su empresa de todas las cosas que están pasando en la plantación —dijo Murthy.

Veré lo que puedo hacer. Pero no les prometo nada.

El resto de la cena fue tranquilo. Shylaja y Murthy hicieron todo lo posible para que su invitado olvidase toda la disputa, para que se quedase con una sensación alegre de la velada. Pero Jayappa aún no había regresado cuando su hermana sirvió el té y los dulces de postre. Diego, preocupado, preguntó si sabrían dónde podía estar su guía, pero le hicieron saber que seguramente estaría en el jardín con Mantangi. Shylaja le dijo que fuera a hablar con él y que le llevase una taza de té y algo de comer.

Diego salió a la noche estrellada. La suave brisa traía consigo el dulce aroma del jazmín. No tuvo que caminar mucho para darse cuenta que tanto elefante como cuidador estaban dentro de una cabaña de madera. Abrió la puerta corrediza y encontró a Mantangi, tumbada de costado en el suelo con las patas estiradas, y a Jayappa apoyado en su vientre, también sentado en el suelo cogiéndose las rodillas. Diego se agachó para poder hablarle de frente.

Hola, te he traído esto.

Es usted muy amable, pero no tengo apetito.

Vamos hombre, si no ha comido nada. Después de aguantarme todo el día, de allá para acá. ¿Qué fue del tipo sonriente de esta mañana?

Jayappa cogió lo que le ofrecía y le dedicó una enorme sonrisa.

Lo ve, es usted una buena persona, señor. Gracias.

Diego se sentó al lado con mucho cuidado de no despertar a la elefanta, puesto que no dejaba de infundirle respeto.

¿Por qué dice que soy buena persona? No me conoce apenas.

Porque lo puedo ver, señor. Nadie es completamente malo, ni completamente bueno. Las personas se hacen malas porque la vida se ha portado mal con ellas, pero yo sé que tienen su parte buena escondida. Algunos la tienen más escondida que otros, pero usted señor, no es como el anterior cuidador de Mantangi. ¿Sabe por qué la pegaba y le exigía tanto? Porque en casa le esperaban siete niños que alimentar, y si no llevaba suficientes kilos de anacardo al día su familia pasaría hambre. Entiendo por qué ese hombre hacía eso, y lo perdono. Pero no era la manera correcta de hacer las cosas. Así que, ¿usted diría que ese hombre era malo?

Supongo que valoraba a su familia por encima de Mantangi. No le quedaba otra solución.

Todos podemos elegir, señor Bermúdez. Conseguí proteger a Mantangi porque a su antiguo cuidador le conseguí un trabajo en una fábrica. Si le hubiera quitado a Mantangi sin ofrecerle otra forma de ganarse la vida, el malo hubiera sido yo, porque esos siete niños ahora pasarían hambre. Usted es como ese cuidador. Decidió tratar mal a las personas porque valoraba más sentirse seguro. Yo creo que le han hecho daño antes y por eso aleja a todo el mundo, porque no sabe distinguir entre los que le van a hacer daño y los que le quieren de verdad. Pero sé que detrás de todo eso hay un hombre amable.

Diego se quedó mirando fijamente el suelo. Se sintió desnudo, allí en esa pequeña cabaña en el otro lado del mundo. Hacía tanto que había integrado esa conducta que ya formaba parte de él y ya no se cuestionaba el por qué lo hacía. Sabía que si era poco amigable, mantendría a raya a todo el que quisiera acceder a su mundo interior. Pero eso le creaba malestar, soledad… Volvía a pensar que el mundo no lo quería y se enojaba más aún. Cuando no podía tener la situación controlada, estallaba como una bomba atómica.

¿Sabes Jayappa? He estado pensando en la proposición de tu hermana. Creo que iré a ver la plantación. Si voy mañana a reunirme con Radha y los trabajadores, seguiremos sin llegar a un acuerdo. Así que necesito ver lo que pasa para poder explicar ciertas cosas a mi empresa.

El hindú, emocionado por la noticia, abrazó a Diego mientras le daba las gracias miles de veces. En cuanto entraron en la casa les comunicaron sus planes a Shylaja y a Murthy, que se alegraron también. Les sugirieron que debían prepararse para viajar al día siguiente, puesto que para llegar a Uttara Kannada se tardaban unas siete horas.

Apenas durmieron durante la noche, ya que salieron de madrugada en dirección a la plantación. Jayappa arregló a Mantangi, pero sin el cubículo, ya que pensaban ir en una camioneta de un vecino de Shylaja, que se disponía a viajar por asuntos familiares a Uttara Kannada y no les importaba acercarlos. Atravesaron multitud de pueblos y ciudades, de campos y de bosques. Hasta que por fin llegaron a su destino. El hombre que les había llevado les dejó en un pueblo cercano a la plantación, así que tuvieron que seguir a pie. Diego se sorprendió de la diferencia entre la región de Bangalore y la de Uttara Kannada. La mayor parte de las personas que vivían allí se dedicaban a trabajar la tierra y cuidar animales. Además, había tal cantidad de follaje por todas partes, que era como estar rodeado de pilas de esmeraldas. Era mediodía cuando llegaron a los campos de anacardo de la empresa de Diego. Había gran cantidad de personas recogiendo los frutos verdes de los anacardos. Luego transportaban en animales todo lo que habían recogido, hasta el almacén donde se procesaba y se empaquetaba para su exportación a Europa. Jayappa se adelantó para hablar con uno de los capataces. Minutos después, el capataz hizo señas a Diego para que fuera con él. Lo condujo hasta una oficina vieja y sucia donde le esperaba el propietario de la plantación. Era un hombre curtido por el sol, que fumaba y se daba aires de grandeza. A Diego le recordó, por su aspecto, a los antiguos colonos británicos. Le explicó que venía de parte de la empresa española que les compraba gran parte de lo que producían y que ahora estaban negociando con otro propietario para aumentar las toneladas de anacardo. Que antes de que se realizaran los trámites quería comprobar que todos los trabajadores estaban bien atendidos según la política de la empresa. El hombre empalideció. Con una sonrisa forzada le explicó que todo estaba correcto y que no tenía de qué preocuparse. Le enseñó unos contratos para verificarlo. Cuando los estaba comprobando, Jayappa lo llamó para que saliera rápido. El propietario intentó evitarlo, pero al no poderlo retener salió junto con Diego.

Al lado de Jayappa y Mantangi había al menos treinta personas: niños, mujeres, algunas de ellas embarazadas; ancianos y hombres. Todos ellos trabajaban recolectando el anacardo. Diego sintió como un calor lo inundaba, el pulso se le aceleraba y se le tensaban los músculos del cuerpo. Jayappa tradujo de los trabajadores que apenas les pagaban lo suficiente como para mantenerse, por lo que acababan trabajando familias enteras. Los niños casi no podían ir al colegio en las épocas de más trabajo en la recolección. Desde hacía unos años casi no tenían tantos animales que llevasen los capazos, así que los pobres estaban explotados. En ese año habían tenido que sacrificar a varios que se habían lastimado trabajando. Por eso, habían pedido tractores para poder trabajar mejor y más rápido.

Diego, sin poder aguantar más, se volvió hacia el hombre curtido por el sol y lo cogió de las solapas de la chaqueta, levantándolo unos cincuenta centímetros del suelo, para luego estrellarlo contra un pilar del edificio de la oficina. Los trabajadores retrocedieron sorprendidos por la reacción de Diego.

¡Sucia rata! ¿Estabas intentando engañarnos? ¿Te creías más listo que todos nosotros? ¿Qué hacías con el dinero que le debes a toda esta gente? Te lo gastabas en tabaco y putas, ¿verdad? ¿No te da vergüenza que estos pobres niños no puedan ir a la escuela ni jugar como lo tendría que hacer un crío normal? Te has aprovechado de que nadie te controlaba, pero eso se acabó. Lo comunicaré hoy mismo a mi empresa y se tomarán cartas en el asunto. Espero que hayas ahorrado algo, viejo, o lo que te queda de vida lo pasarás pidiendo limosna.

Diego lo soltó. El hombre lo miró asustado mientras se volvía a colocar la ropa. Parecía un ratoncillo arrinconado por una serpiente. Diego, frío e impasible, cogió su teléfono móvil y comenzó a hacer fotografías de los campos, de las gentes. De las condiciones en las que se encontraba todo. Luego habló con sus superiores y les mandó todas las pruebas de lo que allí ocurría. Se dirigió al propietario, que seguía inmóvil, y lo apuntó con un dedo.

Lamentará mucho todo lo que ha hecho aquí.

Sin decir más, Diego empezó a andar en dirección a la carretera. A Jayappa le costó salir de su estupor. Cuando volvió en sí, explicó a los trabajadores lo que acababa de pasar. El propietario avergonzado, corrió a refugiarse en su oficina, mientras los trabajadores festejaban que quizá su suerte cambiaría. Mantangi tocó con la trompa a su cuidador para avisarle de que Diego se había ido y no parecía que tuviera intención de volver. Jayappa se subió encima de la elefanta y los dos trotaron hasta llegar a donde estaba Diego. Lo encontraron en el arcén haciendo autoestop.

¿Qué está haciendo, señor?

Intento salir de aquí, Jayappa, ¿o es que no lo ves?

Sí, señor, pero no entiendo por qué no nos ha esperado. La gente se ha alegrado mucho de que diese la cara por ellos. Seguro que las cosas cambian ahora.

Me han despedido.

¿Cómo?

Que me han despedido, hombre. Mi empresa no va a hacer nada. Me han dicho que he terminado aquí y que en cuanto vuelva pase a recoger mis cosas.

Pero, ¿entonces lo de antes? ¿No ha servido para nada?

Sólo para que me despidan. —Diego metió las manos en los bolsillos y miró al suelo.—Oye, Jayappa, quisiera ayudaros, pero no puedo hacer nada ahora mismo, de verdad. —ambos guardaron silencio.— ¿Sabes cómo puedo volver a Bangalore? Mañana tengo un vuelo para Madrid.

Jayappa invitó a Diego a montar en Mantangi por última vez. Juntos volvieron al pueblo y hablaron con el hombre que les había llevado por la mañana. Les dijo que él no volvería a Bangalore hasta después de una semana, pero que había un autobús que sí podría llevarlo. Diego se despidió de Jayappa con un abrazo. Mantangi bramó como despedida. Se disculpó por no haber podido ayudar más y que realmente no era justo que se les tratase así. Cuidador y elefanta se despidieron agitando la mano y la trompa, mientras el autobús se alejaba.

Diego llegó al hotel, preparó sus cosas y se fue de la India. Cuando volvió a Madrid le pareció igual de transitada que Bangalore, pero más seca y más fría. La empresa en la que había trabajado durante más de diez años lo echó a la calle sin ningún miramiento. Dijeron que fue la cereza sobre el pastel y que tendría que ir a un loquero para que lo trataran. Los siguientes días pasaron sin más. Diego se inscribió en el INEM para poder cobrar el subsidio y encontrar algo de trabajo. Pero el tiempo pasaba y todo se mantenía igual.

Entonces, un día, cuando estaba eligiendo la ropa que iba a lavar esa semana, miró con nostalgia el conjunto de lino que llevó para la India. Como había amarilleado de haber estado en el armario, decidió lavarlo también. Miró en los bolsillos para asegurarse de que no había nada, cuando vio que allí estaba un pequeño papel plegado. Lo cogió y vio que era una carta de Jayappa. En ella venía una dirección, un número de teléfono y la frase “We will never forget you. Thank you, sir. Whith love, Jayappa and Mantangi”. Rápidamente, Diego se lanzó a comprobar todos sus ahorros. Eran unos cuantos miles de euros. Buscó el primer vuelo hacia Bangalore y compró un billete, sólo de ida.

A la semana se encontraba en la dirección que le había dejado Jayappa por escrito. Era la casa de Shylaja y Murthy. En cuanto lo vieron, salieron a su encuentro. Llenos de alegría lo saludaron y abrazaron. Mantangi, que se encontraba en el jardín, salió corriendo para saludarlo también. El único que faltaba era Jayappa. Shylaja le contó que se había hecho repartidor de periódicos allí en Bangalore, porque a su hermano también lo echaron de la plantación de anacardo. Decidió no seguir en el campo trabajando con Mantangi porque en muchos sitios no necesitaban elefantes, y si se necesitaban, eran trabajos que suponían un gran esfuerzo para los animales. Invitaron a pasar a Diego y esperar a Jayappa en la casa.

Cuando el cuidador llegó, no podía creerse que su amigo estuviera allí de verdad. Jayappa había adelgazado desde la última vez, pero mantenía su espléndida sonrisa. Los dos se abrazaron.

Pensé que no volveríamos a saber de usted, señor —dijo Jayappa.

Es que no supe cómo dar con vosotros, hasta que encontré el papel que me metiste en el bolsillo. Todo este tiempo he estado pensando una idea de negocio aquí, en la India. Y quiero que seas mi socio. He traído el dinero que tenía ahorrado desde hace años. Siéntate a mi lado y te lo cuento.

La idea de Diego consistía en cambiar los animales de los campos por máquinas. La intención era poder rehabilitar a los animales para poder soltarlos en la selva. También pensaba evitar que tanto los niños, como los ancianos y embarazadas trabajasen en los campos. Diego quería desarrollar un proyecto de sindicato para convertirse en representante de las personas que trabajaban en los cultivos, para que todos los trabajadores tuviesen un salario digno y condiciones de seguridad laboral.

Al principio no fue fácil. Tuvo que pasar un tiempo para que su idea despegase. Adquirieron hectáreas de tierras para poder hacer la reserva de elefantes y demás animales que sufrían de la explotación. Se pusieron en contacto con multitud de abogados, políticos, empresarios… Se hicieron conocer poco a poco y cuando quisieron darse cuenta, estaban inundados de trabajo.

Diego y Jayappa ayudaron mucho a las gentes de Uttara Kannada. Pronto, en otras regiones de Karnataka y de otros estados siguieron su iniciativa. En cuanto a Mantangi, consiguió su libertad y fue la hembra alfa de su manada. Algunas veces iba a ver a su amigo Jayappa a la reserva. Ambos jugaban y se abrazaban como habían hecho otras veces. Diego consiguió dominar sus ataques de ira. Sólo los desataba cuando era estrictamente necesario, pero la mayor parte del tiempo era una persona alegre, amable y tranquila. Sólo necesitó un poco de cariño y aprecio en su vida. Cariño que consiguió a miles de kilómetros de su casa, casi al otro lado del mundo.

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