Cupido desatado: Capítulo IV

El amor tiene muchas caras, y no todas ellas agradables. Como suele decirse, el amor es como una rosa: huele bien, es hermosa pero tiene espinas. Y hay veces que puedes confundir una rosa con un cardo. Cuando pasa esto es mucho más doloroso además de no ser nada bonito. Pero uno se engaña y piensa “si es un cardo precioso”, cuando no es así, los cardos nunca son bonitos. Sino, quien sea que venga y me demuestre lo contrario.

Y si además nos topamos con demasiados cardos en nuestra vida, eso afecta a nuestra forma de ver las cosas, ¡puesto que pensamos que ya sólo existen cardos! Pero no. Por eso no se deben tratar a las rosas como cardos, porque sufren, ni a los cardos como rosas, ya que no lo son. Cuidad de vuestros jardines para sentir la increíble satisfacción de verlos siempre hermosos y correspondidos.

Si no habéis leído las dos partes anteriores, pinchad en los siguientes enlaces: Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III.


El hombre que recibió el flechazo tenía la cabeza afeitada, medía unos dos metros y era puro músculo. Vestía unos pantalones vaqueros ajustados, una camiseta de manga corta blanca y un chaleco de cuero negro con un tigre bordado detrás. Era el típico motero enorme con los brazos llenos de tatuajes y ahora estaba semitumbado en el suelo del pasillo con una mano en el pecho. Como había pasado con Bruno, en cuanto el motorista vio a Sara se quedó completamente prendado de ella, así que apartó al enfermero que le atendía hacía un momento y a cualquiera que pasase delante de su camino.

Cariño, ¿te encuentras bien? —Bruno acababa de llegar y rápidamente aferró la mano de Sara entre las suyas.

Aparta de ahí enano —dijo el motorista que acababa de llegar. De un empujón separó a Bruno de Sara.— Esta mujer es mía y si hace falta, te aplastaré los sesos para tenerla.

¿Ah sí? ¿Conque esas tenemos pedazo mierda? —Le espetó Bruno al tiarrón.

Vuélvelo a repetir, canijo, y escribirás esas palabras en tu epitafio.

Así que sin saber quién se tiró primero hacia quién, los dos hombres se empezaron a dar de golpes aprovechando todo lo que tenían en su alrededor. Era una digna pelea que nada tenía que envidiarle a la lucha libre. Penélope, junto a otras personas, intentaron separarles pero resultó ser imposible. Sara, ante todo ese caos, huyó asustada del hospital y se alejó todo lo que pudo. Le temblaba el cuerpo. Cada paso que daba era como si le fueran a fallar las piernas y fuera a caer de bruces al pavimento. Tan pronto como pudo, entró en una cafetería para pedirse una tila. El establecimiento estaba prácticamente vacío. Tan sólo había una pareja de ancianos jugando a las cartas, un hombre tomando una cerveza en la barra y un reducido grupo de estudiantes hablando sobre trabajos de la universidad.

Se sentó en la barra, pidió la tisana e intentó bebérsela lo más dignamente que pudo, ya que las manos no paraban de temblarle y le resultaba imposible mantener el líquido dentro de la taza. Miró un par de veces al hombre, que saboreaba una caña junto a un bocadillo, esperando encontrar algún tipo de desaprobación, pero no la encontró. Simplemente él estaba a lo suyo. Un poco más relajada, consiguió terminarse la tila que ya empezaba a quedarse fría. Su compañero de barra casi había dado buen recaudo de su comida cuando Sara se levantó para ir al baño. Por fin podría tener un rato de tranquilidad en todo el día, por lo que aprovechó para disfrutar de la privacidad del aseo. Salió del habitáculo, se arregló un poco el pelo y se lavó las manos.

Hola guapa —una voz que le resultaba familiar sonó a su espalda. Se dio la vuelta y encontró al motorista del hospital apoyado en el marco de la puerta. Tenía un ojo que empezaba a hincharse y la ropa un poco más arrugada debido a la pelea con Bruno.— Iba en la moto cuando no he podido evitar ver a una chica tan guapa y sola en el bar, así que he decidido venir a hacerte compañía.

Ya, perfecto. Pero no estoy tan sola, ¿sabes? —Sara se agarró el bolso e intentó pasar por el único hueco que había entre el hombre y la puerta, pero él se lo impidió.— ¿Qué se supone que haces? Déjame salir.

Oh, no lo creo porque estamos muy bien aquí, los dos solos. ¿No te parece?

Poco a poco el motorista se acercó a ella hasta que consiguió arrinconarla. Con una de sus enormes manos le acarició la cara. Viendo que Sara no lo correspondía le agarró fuertemente de la barbilla mientras le decía de era suya, lo quisiese o no. Antes de que pudiese hacer nada, el motorista se le echó encima y la besó y magreó mientras ella trataba de zafarse de aquel tipo sin poder conseguirlo. Notó como una de esas manazas se metía por debajo de su camiseta para poder quitarle el sujetador y tocarla. De pronto, alguien tiró del motorista y lo apartó de la muchacha. Era el tipo de la barra.

Piérdete rubiales, ¿no ves que estoy ocupado? —le dijo el motorista mientras volvía hacia Sara para seguir a lo que estaba.

Sin embargo, no le dio tiempo puesto que el hombre de la barra lo volvió a apartar y antes de que pudiese abrir la boca le propinó un puñetazo en la mandíbula dejándolo sin conocimiento. El motorista, tan grande que era, cayó estrepitosamente al suelo.

¿Estás bien? —Preguntó el hombre de la barra. Sara asintió. Tenía los ojos llenos de lágrimas y le temblaba el labio inferior.— No te preocupes, tardará un tiempo hasta recuperarse. Le he dado un buen puñetazo. Colócate la ropa y salgamos de aquí.

El hombre de la barra pagó la infusión de Sara mientras ella lo esperaba afuera. Pronto se reunieron y se ofreció a llevarla a la comisaría para poner una denuncia, pero Sara le pidió que mejor la llevase a casa.

Me llamo Paul —le dijo mientras se sentaba en el asiento del conductor.— Si te estorba, retira esa bolsa. Es mi uniforme de trabajo, si es que se le puede considerar eso.

¿El trabajo?

No, el uniforme. Es un traje de Superman. Limpio las ventanas del hospital infantil. A los niños les encanta. Dime, ¿cómo te llamas?

Sara.

Bien Sara, guiame hasta tu casa.

Continuará…

Para leer la quinta parte, pincha aquí.


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