La abuela Silvina (5): El libro

Un libro tiene cierto toque mágico y misterioso que a muchos nos engancha. Es un objeto capaz de transportarnos a lugares que jamás podremos ver, conocer personajes con los que nos identificaremos, que amaremos o que odiaremos; puede contar mil historias, muchas de las cuales no llegaríamos a conocer nunca. Todo ello es capaz de decirlo en silencio, cerrado, esperando en lo alto de la estantería. La literatura nos da el poder de vivir experiencias y hacerlas nuestras, por lo que nos ayuda a prender. Con el cine no ocurre tanto eso, porque pienso yo, nuestro cerebro trabaja menos. No debe de rellenar los huecos de información con nuestras propias vivencias.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el capítulo que os traigo hoy? Bueno, un libro en esta historia tiene mucho que contar y Claudia tiene mucho que aprender.

Si no habéis leído el capítulo anterior podéis leerlo aquí. Si queréis empezar desde el principio de la historia pinchad aquí.

Espero que lo disfrutéis. Un abrazo.


¿Qué tal con tu cita? — me dijo Ruth nada más llegar a casa. Estaba de pie en la cocina comiendo helado de naranja, mientras Manu limpiaba las sartenes que había estado usando para preparar la cena. Era su famoso pollo teriyaki con verduras a la plancha.

Espera y ahora te cuento, que voy a dejar las cosas —le dije.

Fui a mi habitación para dejar el bolso, una caja metálica con galletas de Begoña encima de la cama y a Heliodoro dentro de la jaula. Le tapé y fui resuelta a la cocina. Cuando llegué ayudé a poner la mesa y terminar de recoger para que Manu no lo hiciese todo solo. Ruth era buena chica, pero siempre intentaba escaquearse de las tareas domésticas. Según ella la cocina era “territorio de Manu” y el baño mi “zona de recreo particular”. Por lo que a ella le quedaba barrer, fregar el suelo cada dos días y quitar el polvo… Una vez al mes. Al final te acostumbras, pero cuando Manu llegó a casa las primeras semanas tuvo muchas discusiones con Ruth porque él era alérgico a los ácaros. Al final lo solucionaron y acordamos que el polvo se pasaba una vez a la semana por turnos.

Manu es la hostia cocinando, pero le falta innovar. ¿Qué tal si le pones un toque de naranja a tu salsa teriyaki y creas, no sé, la salsa manutaki?

¡Ni se te ocurra echar helado ahí! — Manu corrió a salvar su cuenco de salsa de las traviesas manos de nuestra amiga. — Con tanto Top Chef se te va la olla. Siéntate, anda.

Que no hombre, te lo digo para fastidiar. Mañana cocinaré yo una cosa de esas llenas de contraste, textura y sabor.

¿Y lleváis así toda la tarde? No se os puede dejar solos pareja — dije riéndome.

Tu no te vas a librar de contarnos lo tuyo, así que no desvíes el tema. Venga ahora te toca. ¿Qué tal hoy? — me dijo Ruth mientras Manu le servía la cena.

Bueno pues eran unos amigos de mi abuela, la que se murió hace poco. Se conocían de la escuela y de la juventud. Muy majos, viven en una casita en el campo con su hijo que es biólogo o algo así… Se llama Max. Y nada, me invitaron a comer un guiso y luego hemos estado hablando y haciendo galletas. He traído unas cuantas para el postre.

Entonces, ¿no los habías visto nunca antes? — me preguntó Manu. — Porque si tan amigos eran podías haber coincidido con ellos en la residencia, el hospital o el entierro.

Ya… No sé, quizá me los he cruzado y no me he dado cuenta. Pero coincidir como tú dices, nunca.

Vamos a hablar de cosas serias chicos, como por ejemplo ¿estaba bueno el hijo? ¿Tendría yo alguna posibilidad con él?

¡Ruth! —Rechistó Manu.

Bueno, no estaba mal —dije.— Pero no era mucho de mi estilo. Parecía de esas personas que se enfrascan en una cosa y hasta que no terminan no lo dejan. Es como una especie de biólogo y está haciendo un libro sobre especies de la Península.

Un cerebrito… Me gustan los tíos inteligentes. Ya me lo presentarás — dijo mi amiga riéndose. Sus mejillas se pusieron un poco rojas. Manu la miraba meneando la cabeza con desaprobación. — Venga vale, me pongo seria. ¿Y te han enseñado fotos o algo?

Sí, de ellos en un cumpleaños de mi padre, cuando era muy pequeño y mis abuelos muy jóvenes. También de los tres cuando se graduaron y de alguna vez cuando salían al cine.

Les seguí contando sobre mi visita y las personas que había conocido aquel día, pero obviando toda la parte mágica, puesto que parecería que me hubiese vuelto loca si hubiera empezado a contarles todo ese mundo. Ya me costaba a mí asimilarlo como para empezar a decirlo por ahí como si nada.

La cena terminó bastante animada pero pronto tuvimos que despedirnos hasta el día siguiente porque a Ruth le tocaba trabajar de mañana. Manu y yo aguantamos un poco más viendo la televisión porque se había descargado unos cuantos capítulos de The Big Bang Theory. Quizá fueran imaginaciones mías producidas por el cansancio, pero Manu algunas veces parecía prestar más atención a cómo me desenredaba el pelo con los dedos o cómo bostezaba que a la serie. A veces, lo miraba y me sentía muy culpable porque me parecía que él seguía sintiendo algo a pesar de que lo nuestro no funcionó. Cuando empezamos a salir le tenía mucho cariño, pero él actuaba de una manera que a mí no me terminaba de convencer y acabé rompiendo. Tampoco es que hubiésemos estado mucho tiempo, sólo fueron tres meses, pero Manu estaba muy pillado. Muchas veces he pensado que se vino a vivir con nosotras para estar cerca de mí y que cambiase mi visión hacia él, por eso de que el roce hace el cariño. Supongo que funcionó porque muchas de sus manías las encontraba ya normales, pero para mí seguía siendo más un amigo que un futuro novio.

Cuando sentí que no podía tener más los ojos abiertos me despedí de él y me fui a dormir. He de confesar que pasé una noche muy extraña. Soñé que Aod y sus parientes venían a mi habitación, abrían el cajón de la cómoda y se llevaban mis calcetines. También soltaron a Heliodoro y montaron una fiesta llena de refrescos de frutas mientras yo los miraba sin poder moverme. Pero no sólo fue esa noche en la que tuve sueños surrealistas, los estuve teniendo toda la semana. Y no sólo con Aod y los suyos, sino también con magilus encapuchados reunidos en el bosque formando un círculo un tanto siniestro, hadas con formas de flores y una mujer que surgía de las aguas de un lago, tan blanca y resplandeciente como una estrella, que me sonreía para un momento más tarde zambullirse de nuevo en las oscuras aguas.

Desde luego, eran unos sueños inquietantes que me hacían estar todo el día muerta de sueño. Harta de no poder dormir tranquilamente decidí llamar a Guido por si él sabía algo de esto. Me dijo que era completamente normal, que mi cerebro se estaba abriendo a un mundo nuevo y que mi subconsciente me mostraba todas las cosas que he ido viendo cuando no creía en la magia y se me habían pasado por alto. Me contó que eso era un buen síntoma y que si me pasaba a la buhardilla a ver los libros, probablemente me llevaría una sorpresa. El caso es que Heliodoro debía olerse algo, porque algunas veces, sin venir a cuento, me sugería lo mismo que Guido. Como una vez que estando yo leyendo con los cascos, Heli saltó a los barrotes para decir “libro” y luego quedarse dormido como si nada. Me despedí del mago y colgué.

La verdad es que me moría de ganas por saber si había cambiado algo. Me dirigí a la buhardilla, en concreto, al rincón donde estaban las cosas de mi abuela. Abrí una caja y cogí el libro que Heliodoro me obligó a sacar hace ya algunas semanas. Bajé corriendo, aunque disimulé al llegar al salón puesto que Ruth estaba viendo la televisión mientras chateaba por el móvil. Volví a correr al llegar al pasillo para finalmente encerrarme en mi habitación. Saqué a mi periquito de la jaula y él corriendo se puso en mi hombro.

Mira lo que he cogido Heli —dije mientras le enseñaba el libro. El pajarito empezó a bailar moviendo la cabeza arriba y abajo.— Vamos a ver qué pasa.

Me arrodillé al lado de la cama y puse el libro encima. Lo observé detenidamente. Era realmente viejo, la portada tenía un color marrón parduzco poco atractivo y tanto ésta como el canto estaban rugosos. Las páginas, blancas en su día, estaban amarillentas, tan oscuras que casi eran naranjas. El corazón me latía en las sienes. Agité las manos y respiré hondo antes de abrirlo.

A la de tres: Una… Dos…. ¡Tres!

Abrí de golpe el libro, tan brusco que pensé que se iba a romper. Heliodoro sobresaltado tuvo que aletear para no caerse.

Y realmente… Ahí seguía sin haber nada. Pasé las hojas una tras otra, por si había llegado a una parte en blanco, pero todo estaba igual.

No lo entiendo. ¿Por qué no hay nada? —Miré a Heliodoro aturdida. Sentí como un nudo se aferraba fuertemente a mi garganta y las lágrimas empezaban a empañar mi visión.

Mirar Claudia, mirar.

Pero si no hay nada, Heli. Sigue igual que antes.

No pude evitar llorar como una niña pequeña sentada en el suelo con mi libro en el regazo y el pájaro dándome besitos en la mejilla. Todo parecía que iba a ir bien y de repente nada salió como yo lo esperaba. Recordé la estupenda visita a casa de Begoña y Guido, a mi abuela preparándome sus jarabes mágicos, a Heliodoro entusiasmado por el libro…Pensé que los había defraudado, y me llamé tonta por pensar que era especial y que podría aprender magia.

Ay, Heli, mira cómo lo estoy poniendo todo… —Fui a secar con la mano las gotas que habían caído en el papel amarillento, cuando de pronto vi unas líneas negras que desaparecieron de nuevo.— ¿Has visto eso?

Conforme pasaba la mano por el papel aparecían más líneas, que claramente, se convirtieron en palabras, y luego, frases sueltas. Al final pude ver parcialmente el libro, lo suficiente como para entender de qué trataba. Eran diferentes pócimas y hechizos básicos de andar por casa, como por ejemplo, un ungüento para las torceduras, un líquido para reparar las ventanas rotas o una nana para aliviar el dolor de barriga a los bebés. Por fin, como me habían dicho Guido y su familia, empezaba a ver cosas porque empezaba a creer. Fue una maravillosa sorpresa poder comprobar que era verdad, y que podría convertirme en una bongicae dentro de no demasiado tiempo. Heliodoro también se alegró porque empezó a bailar y silbar como cuando le daba una ramita de mijo natural. El próximo paso sería aprender más cosas para poder ser lo que mi abuela siempre quiso para mí: una maga que ayudaba a las personas.

Continuará…

Si quieres leer el siguiente capítulo pincha aquí.


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