La abuela Silvina (4): Un encuentro mágico

Este capítulo es muy interesante porque despeja muchas dudas sobre la historia y su mundo.

Si no habéis leído el capítulo anterior podéis leerlo aquí. Si queréis empezar desde el principio de la historia pinchad aquí.

Espero que lo disfrutéis mucho.

Un abrazo.


Gracias a que “La matanza de Texas” acabó tarde, me quedé dormida y tuve que preparar todo corriendo. Por suerte fui previsora y me preparé toda la ropa antes de acostarme, así que me vestí en la mitad de tiempo. Cogí rápidamente a Heliodoro de su jaula y salimos los dos a la calle. El frío húmedo se metía por todos los recovecos de mi cuerpo. El pobre Heli se hinchó como una pequeña pelota verde y amarilla. Me puse la capucha y lo metí dentro para que estuviese más calentito. Al poco vimos que un Volkwagen Golf rojo se paraba enfrente de nosotros. El conductor, un hombre joven, iba acompañado del que parecía su padre.

— Debes de ser Claudia. Por fin nos conocemos. ¡Soy Guido! — Lo saludé con dos besos —. Este es mi hijo, Máximo o Max, como quieras llamarlo.

— Hola — me dijo.

— Venga pasad, que os vais a congelar.

Realmente no sé cuánto tardamos en llegar, pero se me hizo muy corto. Guido, que debía de tener unos setenta años, vivía con su mujer y su hijo pequeño en un pueblecito tranquilo, rodeado de un mar verde de hierba y desde donde se podían ver las montañas. Su casa, que tenía dos plantas, era de piedra y tenía pinta de ser vieja. Unos rosales y arbustos de diferente tipo guiaban al visitante hacia la entrada de la casa, mientras que una valla de madera marcaba el límite de la propiedad. Era una pena que en esa época del año no hubiera flores, porque seguramente debía de ser precioso. Una mujer, de una edad similar a la de Guido salió de la casa para darnos la bienvenida. Era un poco rechoncha, chiquitilla, con la cara redonda y mofletuda. Vestía un vestido de flores muy coloridas y una chaqueta de punto larga de color amarillo que le hacía parecer una persona muy alegre.

— Hola cariño, me llamo Begoña. Pasad, dentro está la lumbre encendida. No quiero que os constipéis con este frío.

Seguí a la anfitriona hasta dentro de la casa. El olor del guiso impregnaba el aire. El calor me abofeteó de lleno e hizo que me quitase unas cuantas capas de ropa. Heliodoro se sacudió y se puso a revolotear por todas partes cotilleándolo todo. Al ser una casa antigua, prácticamente toda la primera planta era la cocina, centro neurálgico del hogar; donde podías comer, ver la televisión o leer al calorcito. En general había una decoración muy rural, como la cocina que era de leña, o los platos pintados a mano de las paredes.

— Habéis tardado mucho, ¿no? — Le preguntó Begoña a su marido.

— Sí, bueno. Hemos ido por el camino largo, para que no se asuste.

— Ah, vale. Si es por eso… Es que ya me habíais preocupado. Claudia, cielo, ¿quieres que te enseñe la casa?

— Vale.

Me volví para buscar con la mirada a mi periquito, el cual estaba acercándose peligrosamente al puchero.

—Ven Heli, deja de husmear eso.

Obediente, Heliodoro se posó en mi hombro y los dos fuimos tras la anciana. Tenía una agilidad increíble y subía las escaleras de maravilla. Tal y como estaba construida la casa permitía que el calor subiera hacia las habitaciones del segundo piso. Eran tres y un aseo. Me contó que ellos se duchaban en un baño que había en el primer piso, de esa manera aprovechaban el agua que se calentaba en la cocina. Estaba todo muy bien pensado.

Bajamos y la mesa estaba ya lista para comer. Max me sirvió primero a mí y luego a sus padres. He de reconocer que nunca había probado un pote tan bueno. La comida transcurrió animada y pude escuchar numerosas anécdotas sobre mi abuela y su amistad con Guido y Begoña.

Una vez habíamos terminado, recogimos la mesa y Guido trajo la carta que mi abuela le dio como última voluntad.

— Toma niña, lo que viene aquí escrito lo debes de conocer tú también.

Abrí el sobre ya sobado y abierto, saqué la carta y me dispuse a leerla. Decía así:

«13 Noviembre de 2009

Queridos Begoña y Guido:

Sabéis que ya no soy la que era. Mi enfermedad avanza más rápido de lo que yo quisiera y cada día estoy peor. Cuando leáis esta carta, yo ya estaré muerta. Siento que no he hecho todas las cosas que yo hubiese querido hacer, como pasar más tiempo con mi pequeña Claudia. Ella podría ser una estupenda bongicae, con toda esa fantasía… Pero es tan pequeña aún… Y desde que se mudaron, sus padres no me dejan verla tanto.

Ante estas circunstancias, quisiera pediros un favor. Cuando me muera, poneos en contacto con ella a través de mi teléfono. Yo se lo dejaré, como el resto de mis cosas. Estoy segura de que ella empleará sus poderes por una buena causa, como nosotros. Por eso quiero que le enseñéis como hicisteis con vuestros hijos.

Esta es la mejor manera de honrarme cuando ya no esté. Cuidad bien de mi Claudia, es muy buena niña.

Siempre os querré, amigos míos.

Silvina»

Intenté tragarme mis lágrimas, pero se escurrieron por mis mejillas antes de que pudiese evitarlo. Mi abuela, esa mujer que siempre estuvo conmigo cuando era tan pequeña. La quería tanto… Muchas veces tuve la impresión de que era la que más me quería en mi familia. La echaba mucho de menos. Begoña me abrazó tiernamente y me acarició la cabeza mientras me decía que no me preocupase.

— Esto te hará sentir mejor — me dijo Guido mientras me daba un vaso de agua.

Casi al momento de notar como bajaba el primer trago por el esófago, toda la tristeza de mi corazón se disipaba. Me sentí completamente aliviada, ligera.

— ¿Cómo lo has hecho? — Le pregunté.

— Claudia, hay cosas que son fáciles de explicar y difíciles de comprender. Esto que te voy a decir es una de ellas. Sé que no crees en nada, y lo entiendo porque creo que la vida ha sido dura contigo. Pero eso no quiere decir que no existan. Nosotros, como Silvina, somos magos. Los tres, pero cada uno en una cosa. Yo me especialicé en la alquimia, por eso el agua que has bebido te ha hecho sentir mejor. Máximo cura a los seres mágicos y Begoña hace sus pinitos en botánica. Mi hijo el mayor ha seguido mis pasos y lleva ahora mi tienda de Oviedo, vende pociones para ayudar a las personas. Y luego está Idris, que no quiso saber nada y es abogada — su mujer carraspeó.

» Oh sí, que me despisto. Lo que te quiero decir es que la magia existe y tú podrías haber aprendido si tu abuela hubiera estado bien. Por eso te enseñaremos nosotros. Pero debes de quitarte todos esos prejuicios de la cabeza porque sino nunca podrás ser maga. La magia sólo funciona si crees en ella.

— ¿Y por qué debería de saber magia? — Dije.

— ¿Te gusta ayudar a las personas, tesoro? — Me preguntó Begoña.

— Sí, me hace sentir bien.

— ¿Y no hay veces que te gustaría hacer más de lo que puedes?

— Sí…

— Con la magia es posible. Si la empleas bien podrás ayudar a muchas personas. Para eso estamos los bongicae.

¿El qué?

— Los bongicae y los magilus. Son los dos tipos de magos que existen — empezó a explicar en tono solemne Guido —. Los magos surgieron en Persia, bajo el reinado de Ciro II, para ayudar a liberar al pueblo del reinado medo. Durante este periodo de tiempo no había distinciones entre magos, pues todos servían al mismo fin. Hubo unos cuantos magos que junto a Zaratrustra crearon el culto a Ahura Mazda para llegar a más gente del imperio durante el reinado de Darío I. Su símbolo era un dragón y una serpiente luchando entre lenguas de fuego. Mientras que Zaratrustra y los suyos se quedaron en Persia, muchos otros partieron a territorios lejanos para seguir ayudando a más personas.

» Con la llegada de Jerjes las cosas cambiaron y los magos del mazdeísmo se fueron corrompiendo con el poder, creyendo ser dioses que podían dominar al resto de personas. Podríamos decir que fueron los primeros magilus de la historia, propiciando así la Primera Guerra Mágica. Después de este hecho, se llegó a un acuerdo de paz entre los dos tipos de magos y acordaron sus objetivos para con los demás.

» Sin embargo, no fue hasta la Edad Media donde se empezó a acuñar los términos que hoy utilizamos, puesto que magilus viene de “mago malo” (malus magicae) y bongicae de “mago bueno” (bonum magicae). Nosotros somos de los segundos y actuamos en beneficio de los seres humanos, sobre todo de las personas corrientes. Sin embargo, cada vez somos menos porque hay muchos que como tú, no creen en la magia. Algunos bongicae intentan activar esa creencia a través de trucos con cartas, o monedas, o de cortar a gente por la mitad. Creemos que es mejor hacerlo poco a poco y no con trucos demasiado impresionantes porque sino la gente se asusta, aunque siempre hay de todo. A los magilus siempre los podrás reconocer porque siguen usando el mismo símbolo de los seguidores de Zaratrustra.

— ¿Te gustan las hadas? — Me dijo Begoña.

— Sí.

— Max, muéstrale tu cuaderno.

Máximo me lo acercó. Empezó a pasar las páginas y vi hadas, gnomos, faunos y un sinfín de seres fantásticos. Algunos dibujos era sobre anatomía, pero había muchos sobre diferentes dolencias.

— ¿Esto lo has hecho tú? — Pregunté al muchacho.

— Sí. De por aquí no hay muchas cosas, así que estoy preparando un libro sobre enfermedades típicas del país. Eso es un poco lo que he ido encontrando por toda la geografía española desde que empecé a tratarles, pero aún no está terminado. ¿Quieres conocer a un duende amigo mío?

La pregunta era ¿cómo no iba a querer conocerlo? De pequeña hubiera dado todas mis muñecas por conocer a algún ser mágico. Max silbó algo similar al trinar de un pájaro.

— ¡Eh, Aod! Mira quién tenemos de visita.

— Fíjate en la ratonera que hay ahí Claudia — dijo Guido.

Del agujero de la pared salió una especie de sombra que correteó por el suelo y trepó a la mesa para quedarse al lado de Max. Heliodoro se acercó a la sombra y la saludó.

— Has traído un periquito, me encantan los periquitos. Sobre todo si hablan.

— Aod, te presento a Claudia y a Heliodoro.

— ¿Es la sombra la que habla?

— Usa esto querida — Begoña me pasó una piedra con un agujero en el centro —. Mira a través.

La sombra se transformó en un personaje pequeño y redondo. Era una mezcla entre un ratón y un humano. Su ropa parecía como hecha de calcetines y trapos.

— Mucho gusto señorita.

— Aod es un duende del hogar. Cuando se te pierde un calcetín o no encuentras eso que te hace falta y que pensabas que estaba en el cajón, el responsable es Aod o alguno de los suyos — dijo Guido.

— Pero nosotros siempre lo devolvemos todo, menos los calcetines.

— Claudia está aprendiendo a creer —dijo Max.

— ¡Oh! Ardua tarea la tuya muchacha. Al menos has visto mi sombra. ¿Ha podido ver tu cuaderno Máximo?

— Sí, porque aún no le puse un conjuro sellante.

— Bueno, poco a poco — me animó Begoña.

Lo cierto es que estaba confusa. Quizá fuera posible que mi abuela fuera como ellos, como cuando me hacía sus jarabes milagrosos o me contaba cuentos de hadas que nadie más conocía. Pensé que quizá fuera el momento de creer, de aceptar que pasan cosas buenas y que estas personas ayudaban con sus pócimas y conjuros. No podía negar aquello que veía y lo cierto es que tenía suerte de poder verlo.

El resto de la tarde fue muy entretenida. Hicimos galletas de almendra y Aod trajo a su familia, que no era precisamente pequeña. Sin darnos cuenta oscureció y pronto Max me tuvo que llevar a casa. Me dijo que la próxima vez iríamos por el camino corto. Supuse que eran cosas de magos, porque a mi no me pareció que hubiese más caminos. Sin embargo, en cuanto me di la vuelta para abrir el portal de mi casa, una ventolera me despeinó y al girarme ya no había ni rastro del viejo Golf rojo.

Continuará…

Si quieres leer el siguiente capítulo pincha aquí.


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