La abuela Silvina (2): Conociendo a Guido

Como ya comenté, la historia de Claudia seguiría. Me parece una historia interesante, pero creo que no será muy larga al final… No sé, ya se irá viendo por el camino. Los que no hayáis podido leer la primera parte os dejo el enlace aquí: La abuela Silvina

Otra novedad de última hora es que me ha nominado a los Premios Liebster Donovan Rocester, un blogger con mucha personalidad que escribe cuentos, los cuales recomiendo leer. Así que en esta semana tocará entrada extra sobre dichos premios.

Comentad qué os parece: lo bueno, lo malo y lo regular. Gracias por seguirme y espero que lo disfrutéis 😀


Transcurrieron unos días después de que Heli se escapase hasta la buhardilla. Lo cierto es que estaba muy desanimado. Apenas hablaba y se quedaba en un rincón traspuesto casi todo el tiempo. Me llegué a preocupar de veras por el pajarito, e incluso lo llevé al veterinario por si se había puesto malo. Quizá no fue buena idea, porque nada más destapar la jaula en el local se puso a chillar “médico malo, médico malo” como un poseído. Al intentarlo sacar de la jaula me picó, se agarró a los barrotes desesperado cuando lo fuimos a coger con guantes, pero se soltó y luego se escondió en el cacharro de la comida y tiró todo el cereal al suelo. A pesar de ser un revoltoso, el veterinario pudo mirarlo y me dijo que no le encontraba nada. El diagnóstico fue “sano, sanote” y Heliodoro lo repitió durante todo el camino de vuelta a casa.

Los días siguientes a la visita médica, Heli estaba más contento. A veces notaba como me miraba receloso y me recordaba lo poco que le gustaban las visitas al centro veterinario. Yo por mi parte, quería compensar el mal rato dándole frutas, verduras y mijo natural. Cuando estaba más tranquilo, lo dejaba en su jaula y me iba a curiosear las cajas de mi abuela. Antes de lo del libro, por no recordar, no quería revolver sus cosas. Pero la curiosidad que tenía, era muy intensa. Encontré vestidos pasados de moda, sombreros un tanto horteras, libros en latín y griego, trastos de cocina… No recordaba que todo eso estuviera en su casa. Algunas veces me desanimaba porque no encontraba nada útil. “¡Demasiados trastos!” pensaba.
Una tarde de esas en que me puse a rebuscar, me llevé a Heliodoro. Él andaba silbando alegremente y saltando de allá para acá, cuando escuchamos un teléfono sonar. De manera inconsciente me eché la mano al bolsillo del pantalón por si era mi móvil, pero no… Sonaba a teléfono viejo. Rápidamente me moví para dar con el aparato misterioso, y lo encontré. Era el teléfono que estaba entre las cosas de mi abuela. Descolgué el auricular y contesté. El perico vino volando para posarse en mi hombro.
— ¿Claudia? — dijo una voz masculina por el aparato. Respondí afirmando. — Hola, soy Guido. Es posible que no me conozcas, pero era muy amigo de Silvina. Siento mucho lo que ha pasado. Su pérdida habrá sido muy duro para ti, ¿verdad?
— Sí, bueno… todos sabíamos que pasaría tarde o temprano. Estaba muy malita. ¿Cómo has dicho que te llamabas? ¿Guido?
— Guido, hola, Guido — dijo Heliodoro.
— ¡Pero si tienes al periquito! — Guido carraspeó antes de seguir.  Claudia, tu abuela me dejó una carta en la que me pedía que cuidase de ti. Me dijo que te enseñase lo que ella no podía. Ya sabes, por su enfermedad. Oye, ¿no te has preguntado cómo puede funcionar este teléfono? ¡Si no tiene cables!
Realmente, no me había parado a pensar. Sólo descolgué. Miré la vieja máquina. Estaba realmente gastada, llena de polvo y aún tenía esa rueda con números que servía para marcar. Debía de tener un color negro azabache cuando estaba recién comprada, pero ahora parecía gris ceniza. Le di la vuelta y tal como me decía Guido, no tenía cables. Había un trozo de cobre deshilachado y recubierto de plástico, que debió ser en su momento, lo que hacía que funcionase. ¿Entonces? ¿Cómo podía estar hablando con él? Se me heló la sangre.
— ¿Eres un asesino Guido? — Le dije asustada.
Él se rió. Me dijo que no, que él era un mago, como mi abuela, y que usaban esos teléfonos para hablar entre ellos sin que nadie lo supiera. No lo creí. De verdad pensaba que me estaba tomando el pelo. No creía en magia, ni en fantasmas, ni en ovnis y que me viniera un señor diciéndome esas cosas, realmente no lo tomé en serio.
— La magia no existe — dije contundente. — Sólo los ignorantes creen en eso.
— Pero alguna vez creíste, ¿no es cierto?
— Sí, cuando era muy pequeña. Pero cuando vi que ningún dios, ni magia curaba a mi abuela, dejé de creer.
— No creer, no leer libro — dijo Heliodoro entristecido.
— Entiendo… Claudia, déjame que te vea y te explique unas cosas al respecto.
— No sé, no sé si debo fiarme de ti.
— Dame una oportunidad. Nos vemos en un café y me llevo la carta de tu abuela. Al menos así verás que no te miento. Puedes llevarte a Heli contigo. Se portará bien y te hará compañía.
— No sé, me lo pensaré.
Realmente no me fiaba. ¿Cómo iba a confiar en un hombre del que no había oído nada en mi vida y me llamaba a un teléfono que no funcionaba? Guido me contó que cuando lo tuviera más claro que le llamase con ese teléfono. Me explicó que lo podría hacer si descolgaba el auricular y pensaba en llamarlo. Nos despedimos y colgamos. Me sentí un poco aturdida, confusa, más bien. Heliodoro y yo estuvimos mirándonos unos segundos antes de que me diera un besito con el piquito en la mejilla.

Continuará…


Para leer la siguiente parte, pulsa aquí: Decidiendo qué hacer

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Un comentario en “La abuela Silvina (2): Conociendo a Guido

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