La cena

Últimamente sólo escribo escenas que tengan que ver con comida… Es una coincidencia. La idea de esta historia se me ocurrió cuando estaba comiendo con mi familia y se pusieron a hablar de temas horribles como si nada. Esto es algo que hacemos demasiado a menudo, y en muchas ocasiones, son los propios telediarios los que lo hacen. Parece que hemos perdido humanidad y empatía por los demás. Somos capaces de dormir tranquilos después de saber sobre atentados horribles, terremotos y asesinatos. Es que hay veces que ni nos afligimos en el momento y engullimos lo que sea que tengamos en el plato. A mí no me gusta ver el telediario comiendo. Me revuelve, me siento culpable e impotente.

Decidme qué opináis sobre el tema y si soy la única que piensa estas cosas… Un abrazote.


Un olor especiado a base de orégano, limón y albahaca flotaba por todo el salón como si fuera la mismísima Tosacana. Sin embargo, era un piso situado en el barrio madrileño de Pirámides, cercano al Manzanares. Pablo y Abril esperaban que el reloj marcase las ocho, la hora en la que debían llegar sus invitados. Un mantel inmaculado y un centro colorido acompañaban el servicio de la mesa. Mientras Abril terminaba de colocar a su gusto los adornos llegaron Laura y Felipe. Tras los saludos, los invitados se acomodaron y Pablo abrió una botella de vino blanco suave, que sirvió generosamente en las copas.
¡Brindemos! – festejó Pablo.
Sí, y por el ascenso de Felipe – dijo Laura.
No sabíamos que te habían ascendido.
Ya ves Abril, ha sido hoy mismo. Queríamos daros la sorpresa. Por lo visto, después de cinco años en la sucursal, han entendido que puedo hacer algo más que comprobar cheques – explicó Felipe.
Genial, me alegro por ti. Voy un momento a la cocina a ver cómo va el risotto – Abril se fue con paso ligero por la puerta.
Espera, que voy contigo – le dijo Laura y la siguió.
Ahora espero que nos vendas un buen plan de jubilación, ¿eh? Que yo con lo que gano no sé si me va a quedar algo luego.
Pablo, ¿pero sigues igual?
Sí, bueno. Peor. En la oficina me han quitado horas de contrato pero sigo haciendo las mismas que antes. ¡Menudos sinvergüenzas! Pero no vayas a decir nada, que sino te vas a la calle. Está todo el mundo con los huevos en la garganta.
Pues vete entonces.
Pero es que sino, ¿a dónde voy? Ponte a buscar trabajo, envía currículos, haz entrevistas… No, prefiero quedarme como estoy. Es que al menos así gano algo y puedo pagar facturas, que esta casa no se mantiene sola. Además, luego me pagan lo que hago en negro.
Ya, y ni cotización ni nada. Puedes ingresarlo en la cuenta y así te va generando beneficios – Felipe bebió un trago de vino –. Oye si quieres te miro yo algo de los que conozco, por si puedes hacer una entrevista.
No, no te preocupes. Sin prisa. Por ahora me apaño.
Felipe asintió, y despreocupado bebió otro trago. Laura llegó de la cocina con una ensalada y pidió a los muchachos que se sentaran, porque Abril no tardaría en venir con la comida. Cada uno tomó su asiento. Pablo llenó de nuevo las copas de sus invitados mientras llegaba la cocinera con la fuente de arroz humeante. La anfitriona sirvió a cada uno una ración.
Entonces, ¿de qué hablabais chicos? – preguntó Abril.
Seguro que de nada interesante. Los muchachos siempre están pensando en las finanzas, ya sean las suyas o las de los demás. A mí me da igual, si las lleva bien por los dos. Mira este anillo, me lo compré este martes. ¡Tiene una amatista! Leí que iba acorde a mi signo zodiacal. Es genial.
Abril miró la enorme piedra en el dedo de su amiga y dibujó una falsa sonrisa. Pablo revolvía el risotto con un trozo de pan y Felipe prefirió comer el contenido de su plato como si no hubiese escuchado.
Esto está delicioso – dijo Felipe con los carrillos llenos –. ¿Lo aprendiste cuando hiciste el máster?
Sí. A pesar de lo que diga Pablo, aprendí más cosas que diseño en mi viaje a Milán. Por cierto, ¿os habéis enterado? Han encontrado en el Mediterráneo trescientas personas medio ahogadas en unas pateras. Es horrible.
Qué mal te tienes que ver para venderte a una mafia y que te metan ahí con los críos y todo – dijo Felipe mientras se metía una seta en la boca.
¿No lo ves? Si lo dicen todos los días en la tele: la guerra, los terroristas… Se meten en los pueblos de la gente y los masacran. Ahora cogen una mujer y la violan, que luego le pegan un tiro a un niño. Les da igual.
¡Pablo! – Lo regañó su novia. Todos callaron. Laura se arregló el pelo y se acomodó en su silla.
Tampoco te tienes que ir demasiado lejos. Hay cada loco… Mira el asesino ese que cogieron el otro día. Cogía a las putas de la zona y después de cepillárselas, las degollaba. Como si fueran una cabra.
De manera despreocupada, Pablo ofreció un vino rosado de la cosecha del 2005 y la vertió en las copas de vidrio. Abril empezó a servir la lubina en platos limpios mientras Laura recogía los sucios para llevarlos a la cocina.
¿Habéis visto lo del vestido de los dos colores? – dijo Laura al volver –. Es la leche, yo siempre lo veo azul y negro, pero Felipe lo ve blanco y dorado. Si vendieran los dos en las tiendas, compraría el blanco y dorado, lo veo mucho más bonito. No entiendo por qué siempre lo veo negro y azul.
Ya, a mí también me pasa. Pero lo veo blanco y dorado – comentó Abril.
Pues yo creo que es azul y negro. No sé por qué os complicáis.
A ver Pablo, ¿cómo va a ser azul y negro si se ve que la imagen está retocada?
Pues cariño, yo lo veo así. Lo otro no me lo creo – dijo Pablo un poco molesto.
Felipe prefería mirar su lubina y servirse ensalada. No hacía caso a la mirada de Laura, que claramente le estaba intentando meter en la discusión sobre el vestido.
Es posible que en eso Abril sepa más sobre esto. Como ella es diseñadora…
¿Ves? Tendrías que hacer más caso a tu amigo – desafió Abril a su novio.
La lubina al horno enseguida desapareció de los platos, igual que la ensalada y el vino. Pronto llegó el postre, que no era otra cosa que panna cotta con frutas rojas. Los cuatro comensales lo degustaron entre risas y bromas. El alcohol estaba ya revoloteando como una mariposa traviesa por las mentes de los cuatro amigos. Es normal que después de tres botellas la alegría fuese mayor. Por esta razón, Laura llamó a un taxi para que les llevase a casa. Se despidieron los unos de los otros entre besos y abrazos. Pablo y Abril se quedaron solos de nuevo. Entre los dos recogieron lo que había quedado en el salón: las copas del vino y del cava, alguna servilleta, los platos del postre y el pan que no se había tocado. Sacudieron el mantel y barrieron el suelo.
Vaya pedrusco lucía Laura – dijo Pablo.
Total, ellos no tienen problemas de dinero. Como a Felipe lo enchufó su padre en el banco… A ella no le hace falta trabajar.
Tú si quisieras no tendrías por qué. Con lo que gano vamos bien.
¿Y cómo quieres que me pague la vuelta al mundo? Yo prefiero trabajar y ser una mujer independiente. Lo necesito para inspirarme.
Pablo se encogió de hombros y le dio un beso. Cogió la escoba y el recogedor y se marchó a la cocina, mientras Abril mullía los cojines del sofá. La cena había terminado y con ella un día más.

 


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